chicas guapas : Domingo y Aurelia

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Domingo y Aurelia
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Uno se imagina a los próceres de su país como personas que sólo han llevado adelante proyectos y sueños por sus tierras tan amadas. No imagina que detrás de un hombre como Domingo Faustino Sarmiento; político, escritor, periodista, educador, subteniente de milicias, senador, ministro, director general de escuelas, sociólogo, diplomático, gobernador hasta convertirse en presidente de la Argentina, haya tenido una especial debilidad por las mujeres.

No imagina a una persona así con sentimientos tan intensos y profundos como cualquier otro ser humano. Sin embargo, sí los tuvo y la dueña de su corazón tuvo nombre y apellido.

El Profesor Martín A. Cagliani cuenta: “La realidad es que Sarmiento era un revoltoso, y le gustaban mucho las mujeres. Por ellas sufrió mucho, ya que tuvo más de un desdén amoroso. Si bien era un buen conversador, su apariencia no ayudaba mucho ya que era feo, torpe y mal aliñado”.


Detrás del rostro serio y recio de Sarmiento que han venido mostrado los libros del colegio, se esconde una historia de amor clandestina con Aurelia Vélez Sársfield, una mujer bastante menor que él, convirtiéndose en su amor durante 30 años. Una historia de personas casadas y que, llevadas por la pasión, se convirtieron en amantes en una Buenos Aires pequeña y conservadora.

La esposa de Domingo, en aquel entonces, era Benita Martínez de Pastoriza y esta mujer, también tuvo su pasado infiel quedando embarazada de otro hombre.

Existió otro Sarmiento, el de los afectos profundos, de la ternura, de las confesiones, de la amargura tras las derrotas políticas, de conocer el placer que le proporcionaba el contacto con la naturaleza, de su amor por las incontables mascotas domésticas y su pasión por defender sus convicciones aún a costa del insulto o la crítica ácida.


Aurelia Vélez fue una mujer atípica para su época. Y aunque se la define como "la hija de" Dalmacio Vélez Sársfield o como "la amante de" Sarmiento, no es por falta de méritos propios. Al contrario. Es una de las pocas mujeres de su época que pasó a la historia. Aún una historia escrita y protagonizada por hombres.

Estudió cuando las mujeres no estudiaban, participó en política mientras sus pares hacían bordados, trabajó como secretaria de su padre en la redacción del Código Civil, fue una amante discreta pero no oculta y mucho menos vergonzante, viajó sola varias veces a Europa cuando tal cosa era poco menos que una confesión de libertinaje. Vivió, en fin, rompiendo barreras, empujando límites. Y padeció las consecuencias.


La escritora e investigadora Araceli Bellota lo expresa en el prólogo de su libro Aurelia Vélez, la amante de Sarmiento, al señalar que escribir la vida de Aurelia Vélez "significó luchar con muchos años de tradición historiográfica tendiente a eliminar de la historia argentina la existencia de las mujeres". A lo que se agrega, en este caso, "la pacatería de ocultar a las que se atrevieron a desafiar las 'buenas costumbres' de su época, que como a veces también en la actual, no abarca solamente la moral sexual sino también la osadía femenina de la inteligencia y del pensamiento".

Inteligente y culta, enemiga de la hipocresía tradicional y de las formas afectadas de los "nuevos ricos", Aurelia se pinta a sí misma en las frases de la carta que escribió en París en noviembre de 1900, 12 años después de la muerte de Sarmiento, cuando supo que pensaban erigirle un monumento en el parque de Palermo: "Ese hombre fue mi hombre. Yo lo abracé y lo besé. Apoyé mi cabeza sobre su pecho y él la sostuvo con esas manos enormes y fuertes. Compartí sus incertidumbres y sus angustias. Lo ví dudar y alegrarse. Tuvimos miedo y muchas veces lloramos juntos. Y ahora quedará hecho estatua en medio de esos árboles de los que tantas veces me habló y que yo misma lo vi plantar. No, no quiero verlo convertido en bronce...".

Bellota destacó que, luego de la publicación del libro, ninguna de las biografías de Sarmiento publicadas pudieron obviar la figura de Aurelia. "Se convirtió, no ya en la historia vergonzante que habían vivido otras generaciones, sino que se transformó en una de las grandes historias de amor de la historia argentina", agregó.

Domingo Faustino Sarmiento, a los 77 años, seguía escribiendo cartas a Aurelia, "Venga al Paraguay y juntemos nuestros desencantos para ver sonriendo pasar la vida. Venga pues a la fiesta donde tendremos ríos espléndidos. El Chaco incendiado, música, bullicio y animación. Venga, que no sabe la bella durmiente lo que se pierde de su príncipe encantado."

Urgente, Aurelia parte al Paraguay. En su habitación, Sarmiento hablaba con su nieto: “Por favor, siénteme en la cama para ver mejor el amanecer”.

Domingo esperaba la llegada de Aurelia. En la madrugada del 11 de septiembre de 1888 cerraba sus ojos para siempre. Mientras tanto, Aurelia venía a su encuentro.


Fuentes.-
Foto del Museo Pueyrredón. Flickr



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