
Detrás del rostro serio y recio de Sarmiento que han venido mostrado los libros del colegio, se esconde una historia de amor clandestina con Aurelia Vélez Sársfield, una mujer bastante menor que él, convirtiéndose en su amor durante 30 años. Una historia de personas casadas y que, llevadas por la pasión, se convirtieron en amantes en una Buenos Aires pequeña y conservadora.
Aurelia Vélez fue una mujer atípica para su época. Y aunque se la define como "la hija de" Dalmacio Vélez Sársfield o como "la amante de" Sarmiento, no es por falta de méritos propios. Al contrario. Es una de las pocas mujeres de su época que pasó a la historia. Aún una historia escrita y protagonizada por hombres.
La escritora e investigadora Araceli Bellota lo expresa en el prólogo de su libro “Aurelia Vélez, la amante de Sarmiento”, al señalar que escribir la vida de Aurelia Vélez "significó luchar con muchos años de tradición historiográfica tendiente a eliminar de la historia argentina la existencia de las mujeres". A lo que se agrega, en este caso, "la pacatería de ocultar a las que se atrevieron a desafiar las 'buenas costumbres' de su época, que como a veces también en la actual, no abarca solamente la moral sexual sino también la osadía femenina de la inteligencia y del pensamiento".
Bellota destacó que, luego de la publicación del libro, ninguna de las biografías de Sarmiento publicadas pudieron obviar la figura de Aurelia. "Se convirtió, no ya en la historia vergonzante que habían vivido otras generaciones, sino que se transformó en una de las grandes historias de amor de la historia argentina", agregó.
Domingo Faustino Sarmiento, a los 77 años, seguía escribiendo cartas a Aurelia, "Venga al Paraguay y juntemos nuestros desencantos para ver sonriendo pasar la vida. Venga pues a la fiesta donde tendremos ríos espléndidos. El Chaco incendiado, música, bullicio y animación. Venga, que no sabe la bella durmiente lo que se pierde de su príncipe encantado."
Urgente, Aurelia parte al Paraguay. En su habitación, Sarmiento hablaba con su nieto: “Por favor, siénteme en la cama para ver mejor el amanecer”.
Domingo esperaba la llegada de Aurelia. En la madrugada del 11 de septiembre de 1888 cerraba sus ojos para siempre. Mientras tanto, Aurelia venía a su encuentro.
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